ESTA HISTORIA ES UN SIMPLE BORRADOR.

Cuando Leonardo llegó a ocupar el departamento que quedó disponible en el edificio, más de una mujer quedó impactada por su físico, y no sólo eso, sino, esa misteriosa manera de mirar. Se mudó al departamento número  43.
-Hola. ¿Eres nuevo aquí?-Le preguntó Cleotilde, una mujer divorciada, que vivía sola. Tenía más de 50 años, y le gustaban los más jóvenes que ella.
-Así es. Me llamo Leonardo.-Le respondió él de manera simpática, mientras extendió su mano para saludarle.
-Bienvenido, Leonardo.-Ella le presionó la mano fuertemente, sin querer soltársela, logrando que él se incomodara.
-Debo entrar. Gusto en conocerle.-Le dijo Leonardo, y se marchó, logrando que ella suspirara.

Liliana era una mujer de 25 años, que estaba a punto de casarse, y que vivía con su abuela. Cuando miró por primera vez a Leonardo, le puso nerviosa su manera de mirarle. Ella tocaba la puerta de su departamento, cuando él se acerco, y de manera muy amable le sacó plática.
-Hola, chica. Me llamo Leonardo. No quiero incomodarte; soy nuevo en este edificio, y sólo quiero preguntarte cómo es la convivencia aquí con todos. Si debo cuidarme de alguien en especial.-

-Pues hay algunos muy chismosos, y uno en especial, con quien debes de tener cuidado; Se llama Marcos.-
Le respondió ella.

-¿Tú vives allí?-Le preguntó él, mientras señalaba su departamento.
-Sí, vivo aquí.-
-Bueno, disculpa, chica. Muchas gracias.-Le dijo mientras sonreía, dejando fascinada a Liliana.

No faltaron las vecinas que ansiosas por saber más de la vida de Leonardo, iban a su departamento, con algún obsequio; un pastel, galletas, o cualquier detalle, y él, con esa mirada, y manera de hablar, que lograba hacerles ilusiones a muchas.
De vez en cuando se topaban Liliana y Leonardo, y él se sacaba plática. Pero ella pronto se casaría, así que,  a veces le incomodaba que él le hablara tanto.
Juana, vivía a un lado del departamento de Leonardo, pero como se encontraba de vacaciones, no estaba enterada de la novedad del nuevo vecino. Cuando le dijeron que alguien ocupaba el número 43, rápidamente fue a averiguar quién era. Quedó impresionada por esa dulzura que mostraba ese chico, no mayor de 30 años.
-Hola. Vengo a darte la bienvenida. No me encontraba aquí. Acabo de llegar de París.-Le dijo Juana. Aunque, obviamente, le mintió, pues no venía de París, sino de Tijuana.-

-¡Hola! Mucho gusto, Juana. Tienes bonito nombre.-Le dijo él, como si intentara quedar bien.
-¿Quieres bromear? No, no mientas.-Le dice ella.
-Oye, ¿Qué te está sucediendo? Mi madre se llamaba Juana.-Le dijo él mientras no dejaba esa sonrisa.
Ella se quedó callada.
-Bueno, sólo vine a darte la bienvenida. Y decirte que cualquier cosa que necesites, aquí voy a estar en el departamento de enseguida.
-Oye, muchas gracias, mujer. No quiero molestar, pero acabo de preparar cena, y no me gustaría cenar solo.-Le dijo Leonardo. No fue difícil de convencer a Juana de que entrara y cenaran juntos.

-Oye, cocinas muy bien.-Le respondió ella cuando probó el platillo. Pero mintió, realmente la comida no le gustó; le molestó que le haya echado tanta sal.
-Lo sé. Fui chef por dos años en un restaurante muy lujoso.-Le respondió él.
Juana disfrutaba tanto mirar a Leonardo, pues le fascinaba su sonrisa, su mirada, su cara, sus músculos.
Mientras ellos hablaban de muchos temas, Liliana comenzaba a preguntarse si Leonardo sentiría algo por ella. También quedó impactada por su belleza.

Desde que llegó Leonardo al edificio, comenzaron a haber maridos celosos, novios celosos. Una tarde, el novio de Liliana le encontró platicando de Leonardo; que aunque sólo hablaban de plantas, a él no le gustó la manera en que se sonreían uno al otro. A los hombres no les gustaba que sus mujeres tuvieran tantas atenciones con el vecino; que le prepararan galletitas, pasteles, que le compartieran la comida que preparaban; naturalmente, eso les causaba malicia, y generaba discusiones con ellas. Leonardo, contento, de provocar tantas ilusiones en las mujeres, de variedad de edades. Siempre demostrando una simpatía con los vecinos, como si nadie pudiera hacerle enojar.
Juana frecuentemente iba a visitarle, y le acompañaba a comer o a cenar, y ella, sentía que debía echarle mentiras para que él no se aburriera con sus pláticas, pues consideraba su vida muy aburrida; así que, le contaba de viajes que nunca hizo, de conciertos a los que nunca fue, pero no se daba cuenta que él sabía que ella estaba mintiendo en eso, ya que, era evidente que no tenía suficiente dinero, pues al pagar renta.

-¡Qué guapo está el nuevo vecino! ¿Verdad?-Le comentaba una vecina a otra.
-Ni te vaya a escuchar tu marido. Que ya ves cómo se pone.-Le responde.
 Leonardo escuchó esas breves palabras, y su ego aumentó, logrando que con más entusiasmo tomara camino al gimnasio.

Estaba atardeciendo, cuando la abuela de Liliana cosía una ropa.
-¿Por qué estás tan pensativa?-Le pregunta la abuela a Liliana, que estaba recostada en el sillón, con la mirada hacia el techo.
-Por nada en especial.-Le responde.
-A mí no me haces tonta. ¿Crees que no me he dado cuenta que te gusta ese tal Leonrardo?-
-¿Cómo cree, abuela?-Le responde ella.
-Ni se te vaya ocurrir cometer una tontería. Tú ya te vas a casar en menos de un mes. Así que, trata de no hablar ya con ese hombre.-
-¿Qué te ha hecho? ¡Es muy buena gente!.-Le dice Liliana.
-A mí no me da buena espina. No sé, me parece un tipo muy superficial, al que le fascina que las mujeres estén locas por él.-Le dice molesta.
-¡Está exagerando, abuela! ¡Está cayendo en prejuicio! Él es demasiado simpático.-Le defiende Liliana, como si tuviera años conociéndole.
-Más sabe el diablo por viejo, que por diablo.-

Liliana no le tomó importancia a las palabras de su abuela, y siguió pensando en Leonardo, haciéndose ilusiones, mientras su novio ilusionado con la boda. ¿Qué iba a saber su novio que ella pensaba en otro hombre?
Liliana no era la única ilusionada con ese hombre; Juana estaba loca por él, que diariamente le llevaba algo de comer, y él, encantado. Y otras mujeres más, que también daban suspiros por él, pero no tanto como ellas.

Los días pasaban, y el día de la boda se acercaba. Liliana lloraba, pues no deseaba contraer matrimonio, pero no se atrevía a decirle a su novio. Cuando le miraba, sentía la necesidad de decirle que ya no le ama, que se ha enamorado de otro, pero no podía.

-¿Por qué estás tan rara? Tengo tiempo notándote así.-Le preguntó su novio.
-¡No pienses tonterías!-Le exclama ella, queriendo evadir la plática.
-Por favor, dime qué es lo que te está ocurriendo. ¿Ya no te hago feliz?-
-Claro que me haces feliz.-Le responde ella. Pero mintió. Ella lo que quería, es estar el menor tiempo posible con su novio, así que, solía decirle que se encontraba cansada, para que él le dejara temprano en casa. Y él sentía mucho dolor de eso; presentía que algo estaba ocurriendo, pero ya no sabía qué hacer, ya que, por más que le preguntara a Liliana, ella no decía lo que él sospechaba. Ella estaba ilusionada con Leonardo, pero no se atrevía  a ser honesta.
Leonardo ni siquiera le había hablado de amor a Liliana; sólo platicaban de vez en cuando, sobre temas breves. Pero ella se tomó muy personal el trato de él.
Los días seguían pasando, y Liliana seguía sin poder ser clara con su novio. Pero un día antes de la boda, ella rompió en llanto mientras los dos comían en un restaurante. Es que, miró a Leonardo, entrar acompañado de Juana.
-¿Por qué estás llorando?-Le pregunta su novio sorprendido.
-Por nada.-Le dice ella.
Pero el novio mira a Leonardo acompañado de una mujer, y comprende el motivo de su llanto.
-No tienes que explicarme nada. Lo comprendo.-Le dice.
-¡No es lo que estás pensando!-Le dice ella, mientras secaba su llanto.
-Ya no me puedo seguir engañando. Yo ya no te hago feliz. Estoy contigo, y te siento distante, como si tus pensamientos estuvieran en otro lugar, con otra persona. Sólo nos vemos una vez por semana, y sólo unas horas, pues bien temprano quieres que te deje en casa. ¿Crees que no me he dado cuenta que ya no eres feliz a mi lado? Pero se ha acabado. Te dejo las cosas fáciles; no hagas algo que no quieres, así que, no te cases conmigo.-Le dice él mientras lloraba.

-No digas eso.-Le dice ella. El novio se va y le deja sola. Ella le sigue.

Continuará...

El que sea dueño de estas imágenes, y les moleste que las haya subido a mi blog, sin ningún problema las retiraré.

ACLARO QUE ESTAS HISTORIAS SON SIMPLES BORRADORES.

En el velorio de el marido de Lorenza, ella mostraba indiferencia. Cuando la gente le daba el pésame, ella respondía: "Ni que nadie se fuera a morir algún día".

Lorenza se fue a encerrar en su cuarto, mientras velaban al que fue su marido, y en cuanto entró, miró sentada a Herminia, en la cama. Por primera vez no sintió miedo de eso, y se sentó junto a ella.

-¿Por qué estás llorando, hermana?-
-Mi hijo. Me dijiste que ibas a buscarle, y no lo has hecho.-
-Sí. Claro que sí, pero por culpa de mi marido, a veces no podía.-Intentó excusarse Lorenza. La hija mayor de Lorenza entró al cuarto, y se asustó de mirar a su madre hablando sola. Se quedó a observarle.

Los días pasaban, y Lorenza empeoraba en su comportamiento. Sus cuñadas decidieron llevarse a las hijas de ella, a otra ciudad, pues les asustaba la manera en que actuaba Lorenza.
Le dejaron en soledad, y desconociendo su verdadero mal, no fueron capaces de ofrecerle ayuda. Si quizá le hubieran llevado al médico, se hubieran dado cuenta que tenía esquizofrenia. La vida de Lorenza se convirtió en delirios constantes; deliraba que sus hijas estaban en casa, y cuando notaba su ausencia, lloraba preguntándose por ellas.

-¡Lorena! ¡Lorena! Apúrate a ir por las tortillas.-Le dijo Lorenza supuesta mente a su hija, pero en realidad, no había nadie en casa; ella se encontraba sola, aunque no podía distinguir la realidad de los delirios.

Una vecina llamada Martina, frecuentemente le iba a visitar a su casa, porque sabía que Lorena no estaba bien. Solía llevarle un plato con comida, ya que, se encontraba desprotegida, sin ningún familiar que le atendiera. 
-Ten, hija, preparé este caldo de bisteck. Come.-Le dice su vecina con amabilidad.
-No se preocupe, Martina. Lorenita fue a comprar carne asada.-Le dijo Lorena, pero su vecina sabía bien que era parte de sus delirios. 


La casa donde vivía Lorenza, estaba muy descuidada. Ella la mayor parte del día se la pasaba fuera de allí, recorriendo calles, asustando a personas con su aspecto loco; pues quien le miraba, rápidamente captaba su locura. A ella se le dificultaba distinguir entre lo que era real y entre lo que no; y aunque su hermana Herminia estaba muerta, ella a veces olvidaba eso, y platicaba con ella, como si aún estuviera viva.


¿Ahora quién buscaría al hijo desaparecido de Herminia? ¿Dónde estaría ese niño? Lorenza ya no estaba capacitada para eso, y cuando volvía a la realidad, de que su hermana estaba muerta, buscaba al pequeño sin rumbo fijo. 


Una tarde con indicios de lluvia, Lorenza se encontraba sentada en una banca del parque; platicaba con un anciano.
-La lluvia se avecina. Y yo ando tan malo de la tos.-Le dijo el anciano.
-¿Vive muy lejos de aquí?-Preguntó Lorenza.
-No mucho, pero estoy esperando a mi nieta, porque me dijo que pasaría por mí.-
-En este parque desapareció mi sobrino. ¿No le ha visto?-Pregunta Lorenza.
-¿Cómo voy a decirte si le he visto, si no tengo idea cómo es él?-
-Es verdad. Mire, él tenía 4 años cuando desapareció. Tenía el cabello negro, los ojos...
-Calla.-Le interrumpe el anciano.-Con que me digas eso, no podré distinguir a tu sobrino. Hay tantos niños con esas características.-
Lorenza se puso a llorar. 
-¿Por qué estás llorando, mujer?-
-Porque quiero encontrar a mi sobrino. Se lo prometí a mi hermana antes de morirse.-Le dijo entre llanto.
-Mira, ya llegó mi nieta. Me tengo que ir.-Le dijo el anciano. Y Lorenza le miró marcharse. Pero lo que en verdad Lorenza no sabía, es que ese era otro de sus delirios, y mientras ella platicaba con "la nada", había un público observando. Gente curiosa. Un niño le comentó a su madre: "¿Por qué la señora estaba hablando sola?".

Cuando Lorenza llegó a su casa, encontró a Herminia tejiendo.
-¿Te sientes mejor, hermana?-Le pregunta Lorenza a Herminia, en sus delirios.
-No mucho, pero me he cansado de seguir en cama.-Respondió supuesta mente Herminia.
-Espero no te hayas inyectado más morfina.-Le dijo Lorenza.
-Ni que supiera dónde la escondes.-Le dijo Herminia.

La lluvia estaba cayendo. Lorenza se sentía cansada, y se fue a dormir. Al día siguiente, volvió momentáneamente a la realidad, de que sus hijas no estaban, que se las llevaron lejos de su lado. Y comenzó a llorar desconsoladamente.Un par de horas después, sus delirios volvieron.

Lorenza solía entrar a los restaurantes a comerse las sobras de los clientes, y más de una vez, fue corrida de ellos. En una de esas visitas, miró a un niño que captó su atención, y le dio un grito.

-¡Ismael! ¡Ismael!-Le gritó al pequeño, dejándolo confundido. -
-Mamá, esa señora me está mirando muy raro.-Le comentó el pequeño a su madre.
-No le hagas caso. Está loca.-Le responde su madre.
Lorenza se acercó al niño y a su madre.
-Deja a mi sobrino.-Le dice a ella.
La señora no le dio importancia, pues comprendió que no se encontraba en su sano juicio.
-Vayámonos de aquí, hijo. Me incomoda esto.-La madre y su hijo se pusieron de pie, y Lorenza agresivamente jaló al niño. Lo tomó del brazo, y se lo llevó a la fuerza. Mientras tanto, la madre, le siguió mientras gritaba: "Ayúdenme. Esta loca me quiere robar a mi hijo".
Afortunadamente pudieron quitarle al niño. Cuando Lorenza llegó a su casa, comenzó a llorar.

-¡Perdóname, hermana! No he podido encontrar a Ismael. No sé dónde está.-Dijo Lorenza.

Creo que eché a perder la historia!!!!! Si a alguien le gustó, comente, y la continuaré...




Llegó noche buena,y Herminia mantenía la esperanza de encontrar a su hijo antes de morir. Le pedía a Dios que sí su hijo estaba en buenas manos, que allí se quedara. Ella ya sentía tan cerca la muerte, que cada día que comenzaba, sentía que sería el último.

-¿Se te ofrece algo?-Le pregunta Lorenza.
-Tengo sed.-Le responde Herminia.
Lorenza fue al  refrigerador por un vaso con agua y se lo dio.
-En vez de estar aquí conmigo, deberías ir a celebrar noche buena con tu familia.
-Yo quiero estar contigo, hermana. No quiero desperdiciar tiempo sin tu compañía.-Le dijo con tristeza.
Herminia se conmovió al escuchar eso.

-¿Qué estará haciendo mi hijo? ¿Recuerdas que le prometí que en navidad le llevaría a conocer la nieve?-
-Sí, lo recuerdo.-Respondió Lorenza.
-Ojalá que haya cumplido su sueño.-Comenzó a llorar.
Lorenza sentía que esa sería la última noche de Herminia, pues le notaba muy mal. Por un lado, deseaba que pudiera descansar ya, pues todos esos meses fueron un infierno para las dos.

-Por favor, nunca dejes de buscar a mi pequeño.-Le dijo Herminia en voz baja. Se le notaba su debilidad. Cerró los ojos, y en ese momento Lorenza creyó que había muerto, pero al tomarle el pulso, se dio cuenta que no. Permaneció a su lado por unas horas. Navidad comenzó, y Herminia comenzó a delirar. En sus delirios nombraba a Gilberto, su marido difunto, como si estuviera vivo.

-Gilberto, deberías de llevarme a esa reunión. Quiero acompañarte.-Lorenza le observaba.-
Así estuvo por horas delirando, hasta que dejó de respirar. Lorenza sintió mucho dolor de su muerte, pero a la vez alivio, porque por fin dejaría de sentir dolor. Ya no habría más días inyectándole morfina, y en los que ella le suplicaba que aumentara la dosis.Ya no habría más días en que le oía quejarse de dolor por el cáncer. Al ver a su hermana tendida en la cama, inmóvil, se hizo la promesa de que nunca dejaría de buscar a su sobrino.
Otro año comenzó, y Lorenza seguía sin poder dormir. Todas las noches daba vueltas en su cama por el insomnio. Cuando lograba dormir poco, tenía pesadillas a causa de Herminia. Entró en un estado de depresión, y adelgazó muchísimo, mucho más de lo que ya estaba. Cuando su hermana enfermó, comenzó su deterioro del cuerpo, pues de ser una mujer con 123 kg. de peso, se convirtió en una de 55 kg. Apenas tenía 26 años, y parecía de 35 años o más de edad. Pese a su estado de ánimo, no perdía las esperanzas de encontrar a Ismael, y no descansaría hasta lograrlo. No había día en que no se acercara a la delegación de policías a averiguar si había noticias del niño. No había día en que no saliera a las calles a preguntar por él, y poner carteles; hasta hizo una página en internet, dedicada a su búsqueda. Pero pareciera que nada sirviera, pues no lograba tener pistas. Todos los días discutía con su marido a causa de eso, pero a ella él ya no le causaba miedo; pues ahora su principal objetivo era encontrar a su sobrino.

-Si sigues con esa obsesión de encontrar a ese niño, te voy a correr de esta casa, y nunca vas a  volver a mirar a tus hijos.-Le amenazó su marido con maldad. Y ella ya se acostumbró a eso, así que, le ignoraba.

Una mañana, el marido de Lorenza se despertó de repente, y se dio cuenta que su casa estaba con un fuerte olor a gas. Fue a la cocina, y se dio cuenta que una llave de la estufa estaba abierta. Fue un descuido de Lorenza; tenía meses teniendo distracciones peligrosas, como aquella vez en que confundió la sosa caustica con la sal de mesa. Ella estaba mal emocionalmente, y le habían ocurrido situaciones raras desde la muerte de su hermana. El segundo día del entierro de Herminia, Lorenza entró a su cuarto, y le pareció mirar una mujer sentada en la cama, llorando. Salió corriendo de allí, a avisarle a su hija, pero cuando las dos llegaron, ya no estaba. Y esa no fue la única vez, pues muchas veces, especialmente en las noches, miró a Herminia paseándose en la silla mecedora de el porche, y siempre que eso ocurría, del susto salía corriendo, pero sin comentarle nada a alguien.

Casi se cumplía un año de la muerte de Herminia, y Lorenza seguía mal emocionalmente. Ya casi no hablaba,    
y cada vez perdía el interés de su higiene personal, que despedía malos olores, pues duraba días y días sin ducharse. Su marido murió en un accidente de tránsito, y comenzó a ser llamada "La viuda Lorenza".
Aquella mañana en que le avisaron de la muerte de ese hombre, pareciera que le dijeron que el kilo de jitomates subió de precio.

-Lo lamento tanto, Lorenza. Héctor...Héctor tuvo un accidente automovilístico. -Le dijo su cuñada.
-Siempre le dije que no manejara a tanta velocidad.-Lo dijo con aparente calma. Su cuñada le miró sorprendida.
-Se murió.-Cuando le dio la noticia, comenzó a llorar su cuñada, pero Herminia no demostró ni poca tristeza por eso. Sólo observó llorar a su cuñada.

Volverá a continuar...

Comenzaba a amanecer, cuando el dolor despertó a Herminia. Dio un grito desesperado, y su pequeño hijo se acercó a preguntarle qué le sucedía.

-Pásame el teléfono, por favor.-Le dijo ella entre quejas.
El pequeño rápidamente le acercó lo que pidió.

-Por favor, ven. No soporto más el dolor. ¿Dónde dejaste la morfina?-Le dijo a su hermana entre llanto.
-No puedo decirte eso. Hace apenas unas horas la usaste. Así que, no puedo.-Le dijo su hermana.

-Me estoy muriendo del dolor. Dime dónde está, por favor.-
-No, Herminia. Es peligroso.-
-¿Peligroso qué? ¿Qué me puede suceder si ya estoy tan cerca de la muerte?-
-Soy responsable de tu medicación, así que, no me hagas meterme en problemas. Si te terminas la morfina antes de tiempo, el médico me cuestionará a mí.-Le dijo su hermana.

-¿Sólo te interesa en los problemas en que tú te puedas meter? No comprendes que me estoy muriendo del dolor.-Le dijo Herminia.

Herminia se encontraba entre un dilema. Por un lado, deseaba con desesperación dejar de sentir, porque el sentir le causaba dolor. Pero a la vez, sabía que no era momento de morirse, pues aún no sabía en cuáles manos dejar a su hijo. Ella se sentía demasiado enferma ya; su debilidad le impedía salir de casa, y la mayor parte del día se encontraba en cama.

-¿Dónde vas tú?-Le pregunta el esposo de Lorenza.
-Voy a ver a Herminia.-Le responde Lorenza con respeto. Pareciera que le tuviera miedo a ese hombre.
-¿Hasta cuándo dejarás de cuidar a esa enferma?-Le pregunta él, sacando a flote su maldad.
-Eres tan inhumano.-Le responde ella con coraje, y se va. Mientras él le observaba marcharse.

Cuando Lorenza llegó a casa de Herminia, le encontró sentada en el sofá, mientras el pequeño Ismael jugaba con la pelota.

-Tía, mi mamá me dijo que en navidad me va a llevar a un lugar donde hay nieve.-Le dijo Ismael con una sonrisa enorme.

Lorenza no supo qué responderle. Sabía que para cuando esa fecha llegara, probablemente su hermana estuviera muerta, y si aguantaba para ese entonces, sería casi imposible que se levantara, pues en la condición actual en que se encontraba, apenas lo podía hacer.
Sólo sonrió ante lo que el niño le dijo.

-¿Y qué has hecho, niño?-Le pregunta.
-Pues jugar. Mi mamá no me quiere llevar al parque. Dice que se siente mal, pero siempre está así.-
Herminia y Lorenza sintieron un nudo en la garganta al escuchar eso.

-Yo te voy a llevar, pero sólo una hora. -Le dijo la tía intentando alegrarle.
-Yeah! Me voy a poner mis tenis nuevos, de esos con lucecitas.-Se fue corriendo después de decir eso.

-¿Cómo seguiste del dolor?-
-Esto es un maldito infierno.-Responde Herminia.
-El vicio del cigarro te llevó hacia eso.-
-¿De qué sirve que me reproches? Ya sé que por el humo del cigarro estoy en esta condición. ¿Qué consigues con estármelo repitiendo?-Le dice Herminia molesta.
-Lo que quiero es que no fumes delante de tu hijo. Aprende la lección.-
-No lo hago casi ya.-
-Pero a veces me he dado cuenta que estás fumando, y el niño está cerca de ti. ¿No te das cuenta que eso le daña?-Lo dijo en tono de estar poco contenta.
Herminia se puso de pie y se fue a su habitación. Lorenza sacó al parque al niño.

En el parque, el pequeño Ismael corría de un lado hacia otro. Él pobre tenía mucho tiempo que no salía de casa, salvo para acompañar a su tía al mercado.
-Tía, ese señor vende algodones.-Le dijo el pequeño con la intención de que le comprara uno.
-Está bien. Te compraré uno.-Cuando Lorenza le pagó el algodón al vendedor, y volteó, ya no miró a Ismael. Lo buscó y no lo encontró. Desesperada comenzó a preguntarle a la gente por él, pero nadie les sabía dar señales. Antes de llegar a la casa de Herminia, fue a la delegación, pero le dijeron que después de 48 horas podría levantar el reporte. Cuando Lorenza llegó a casa de su hermana, no sabía qué decirle.

-¿Dónde está Ismael?-Preguntó Herminia sin imaginar lo que había ocurrido.
Lorenza se quedó pensativa unos segundos.
-Se quiso quedar en mi casa, para jugar con mis hijos.-
-¿Qué? Me parece raro. A Ismael no le gusta quedarse en casas ajenas.-
-No es ajena. Es de su tía favorita.-Le respondió Lorenza.- También pensé en ti. No creo que sea bueno que se quede aquí, cuando tú no puedes cuidarle. Te veo cada vez más enferma.
-En eso tienes razón. Además, no soporto que me vea sufrir.-Respondió ella con tristeza.

Pasaron 3 días, y Lorenza no tenía novedad del niño. Y sabía que no podría esconderle la verdad por mucho tiempo a Herlinda, así que, pensó en decirle la verdad.

-Tengo que decirte la verdad.-Le dijo llorando desconsoladamente.
-¡Me estás asustando!.-Exclamó nerviosa.
-Es sobre Ismael.-Se atrevió a confesarle.
-¿Qué le sucedió a mi hijo?-Preguntó sumergida en un ataque de pánico.
-No sé dónde está. Hace tres días se me desapareció en el parque, mientras yo le compraba un algodón.

Herminia se puso histérica.
-¿Dónde está mi hijo? ¡Dímelo! ¡Es tu culpa! Tengo que encontrar a Ismael! Si le sucede algo malo, es tu culpa!-

Más días pasaban, y Herminia sentía la muerte más cerca. Su agonía era terrible, y empeoró a causa de no saber de su hijo. Le aumentaron la dosis de morfina, pues los dolores empeoraron considerablemente.
Lorenza se encargaba de repartir volantes con la foto del niño, que ponía en muros, en postes, o le daba  a la gente directamente.

VOLVERÁ A CONTINUAR...





Las palabras del médico dejaron anonadada a Herminia. No pudo evitar llorar. Cuando llegó a su casa, y miró que su pequeño hijo de cuatro años estaba esperándole, volvió a llorar. Ismael se llamaba el niño, y era el único hijo que tenía, porque el otro, había fallecido hace seis años, cuando apenas tenía dos de edad.

-Mami, ¿Me trajiste chocolate?-Le preguntó su hijo mostrando ilusión en su rostro.
Pero ella había olvidado lo que le prometió antes de irse al médico.

-Mi amor, no había chocolate.-Intentó excusarse, como si el pequeño fuera a comprender eso. Los niños no entienden razones; ellos suelen llorar por lo que quieren, y así lo hizo Ismael, hasta conseguir que su madre saliera a buscarle su encargo.Cuando por fin tuvo lo que quería en sus manos, se fue a dormir, pero ella no pudo, porque el recuerdo de su dura realidad se lo impedía. No cumplía ni los 30 años, y ya sentía su muerte tan cerca. El cáncer le arrebataba su vida.

-Usted tiene cáncer de pulmón.-Le dijo el médico con seriedad.
-¿Podré curarme?-Le pregunta ella angustiada.
-Su enfermedad avanzó hasta un grado de ser incurable. Se encuentra en la fase terminal.-Herminia comenzó a llorar desconsoladamente. El médico no sabía qué decirle, porque no había nada que le pudiera animar.

Herminia dejó pasar por mucho tiempo cuando esa enfermedad comenzó a darle síntomas. Tenía muchos meses que había comenzado a perder peso, y a envejecer prematuramente. Nunca le dio mucha importancia a su tos crónica. Solía posponer su visita al médico, y muchas veces dijo: "Mañana voy a revisarme con el médico", pero cuando ese día llegaba, no lo hacía. Era el miedo, la falta de voluntad.
Cuando apenas Herminia tenía 14 años, adquirió el vicio del cigarro, y nunca lo dejó, porque ni siquiera fue capaz de intentarlo. Solía fumarse hasta 3 cajetillas diarias.

Pese a haberse enterado de que sus pulmones estaban muy enfermos, no dejó de fumar. Encendió un cigarrillo después de salir del consultorio, y comenzó a fumarlo. Se sentía tan arrepentida de no haber ido a revisión antes, mucho antes, y que haya decidido hacerlo hasta que el dolor le obligara.

Herminia había quedado viuda dos años atrás; así que, le preocupaba dejar huérfano a su hijo. Sus padres murieron cuando ella era una adolescente, y ni siquiera podía consolarse al pensar que en las manos de ellos podía dejar al pequeño Ismael. Así que, desde que se enteró de su padecimiento, no existía día que no llorara. Sentía tanto dolor físico y dolor emocional. Su hermana era quien le visitaba frecuentemente, porque su familia no era muy numerosa; un par de tías mayores, y unos cuantos primos, eran las personas con quien convivía algunas veces, y sabía que no eran las personas indicadas para que cuidaran a su hijo cuando ella muriera. El pequeño Ismael solía preguntarle a su madre el motivo de su llanto, y ella decía que era porque le dolía el estómago.

La lluvia caía, mientras el pequeño miraba hacia fuera desde su ventana. Herminia le observaba con tristeza, mientras estaba recostada en el sofá. Su hermana salió de la cocina con un vaso con jugo. Se acercó a ella, y se lo dio.

-Yo me voy a hacer cargo de él. No te preocupes.-Le dijo su hermana intentando consolarle.
-Tu esposo es un ogro. No quiero que trate a mi hijo como trata a los suyos.-Le dijo Herminia llorando.

Lorenza, se llamaba su hermana. Apenas tenía 24 años, y ya tenía 3 hijos. Tuvo la desdicha de casarse con un hombre mayor que ella 25 años, por culpa de su padre, que por medio de chantaje logró esa boda.
Pero a Herminia no le tranquilizaba dejar a su hijo en manos de ese matrimonio, pues él era un hombre que solía golpear a sus hijos, y su hermana, una mujer masoquista y sumisa. Así que, descartó esa idea. Cada día la iba acercando al final de su vida, y eso le atormentaba.

Continuará...


Prepárense para el final de esta historia. Siéntense y de preferencia tengan unas palomitas a la mano. :)

Cuando Herlinda despertó en la camilla de enfermería, se puso a llorar. Con su mirada buscó a su tía, pero ella se marchó. Estaba sintiendo que su vida había perdido sentido; perdió a lo más preciado que tenía: Sus seres queridos y su libertad. 
Su familia se derrumbó rápidamente, y sentía terrible de pensar que jamás volvería a verles. Su juventud se iría perdiendo tras las rejas, así que, no dudó en quitarse la vida. Al día siguiente de recibir esa dura noticia, comenzó a planear su final. Se preguntaba cuál manera podría ser la más adecuada para morir, cuando no quería sufrir mucho. Decidió morir por sobredosis de medicamentos. Estaba atardeciendo, cuando fingió desmayarse, para que le llevaran a la enfermería. Cuando ya se encontraba allí, en cuanto la enfermera se descuidó, Herlinda guardó entre su ropa, cuatro frascos con medicamentos. Tenía pensado, morir en la noche. Cuando se encontraba en su celda, intentaba tomar valor para cometer esa actitud cobarde, pero no pudo. Era tanto su miedo a la muerte, que por más que la vida le doliera, no podía abandonarla. Siempre le tuvo miedo a morirse, y esa vez, no era la excepción; así que, se arrepintió de su decisión.

Por días mantuvo la esperanza de que su tía regresaría, pero cada vez iba perdiéndola. Cuando llegaba el día de las visitas, y se daba cuenta que ella no llegó, comenzaba a llorar desconsoladamente. Ruperta, una compañera de celda, intentaba animarle, pero para Herlinda no eran suficiente sus palabras. Se sentía tan vacía emocionalmente. Su apariencia física comenzaba a deteriorarse; No tenía ni los 30 años, y se miraba muy acabada en su piel, en sus cabellos descuidados. Las ojeras dejaban en evidencia que lo pasaba muy mal; su peso disminuyó considerablemente, y su mirada, no expresaba más que dolor y más dolor.
Encerrada en prisión, realizaba algunas actividades; aprendió a coser ropa, a hacer manualidades, y pareciera que ni eso le animara. Ella no podía ser feliz, porque necesitaba más que nada recuperar su libertad, y superar el duelo de la desaparición de sus padres. ¿Y cómo iba a superarlo encerrada allí?

Mientras la vida de Herlinda iba de mal en peor, Adal se acordaba cada vez menos de ella. Ni siquiera se imaginaba que ella se encontraba en prisión, pues su tía no le avisó; no quiso perturbarlo con esa noticia.

5 años después:

Herlinda lavaba los baños, cuando la cuidadora le avisó que tenía una visita. Ella se sorprendió tanto de escuchar eso, pues en años nadie le había ido a visitar. Pensó que era su tía, pero jamás imaginó que quien estaría sentado esperándole, sería Adal. ¿Cómo es posible que después de tantos años, él fuera a verle?
Cuando le miró, se quedó anonadada. Él le dio un abrazo.

-¿Cómo estás?-Preguntó él.
Ella no sabía qué decirle. Sonrió nerviosamente.
-Me sorprende tanto tu visita.- Ella le respondió mientras intentaba no soltar en llanto.
-Cuando me enteré de...de lo que te sucedió, no lo podía creer. Es que, nunca pude comprender por qué te fuiste de repente.-
-Perdóname por ese error. Me confundí demasiado. Pero de algo puedes estar seguro: Soy inocente de ese delito por el que estoy en prisión.-Respondió ella en lágrimas.

-Cuéntame por favor.-Le pidió él.

Herlinda le contó cómo fue que se involucró en esa banda de secuestradores.

Quedaron muchas cosas pendientes por hablar, así que, Adal prometió que regresaría a verle. Pasaron dos semanas para que eso ocurriera.

En la segunda visita, ellos resolvieron más dudas.

-No me he casado.-Le dijo él.
-¿No? ¿Por qué? Me parece raro.-Ella quedó sorprendida.
-Apenas hace poco más de un año, me enteré de la infidelidad de mi...bueno, de quien iba a ser mi esposa. Estábamos a punto de casarnos; faltaba poco menos de quince días para la boda. Pero ella me dijo que no se sentía segura de ese gran paso, que le diera más tiempo. Pero en realidad, era que me estaba siendo infiel, así que... mira, sólo te diré: Canceló la boda.
Y pues, a esa mujer le di más de cuatro años de mi vida. Así que, sigo soltero y sin compromisos.

-Lástima que no tengo libertad.- Dijo ella bromeando.
-Me hiciste mucha falta cuando te fuiste. -Le dijo él con voz suave.

-Perdóname. Fui demasiado cruel contigo. Fuiste tan bueno, y yo... me fui con un ex novio malvado, que arruinó mi vida. ¿Cómo pude ser tan tonta? Si él en tanto tiempo no me buscó, y cuando por fin lo hizo, fue para involucrarme en sus delitos.

-Ya no te atormentes. Ya superé eso. Han pasado muchísimos años, y pues mejor, hablemos de otro tema.-
Le dijo él intentando animarle.

-¿Qué tanto puedo tener que contarte yo? Mi vida es esto: Estar encerrada, ver a las mismas personas siempre, sin poder recorrer las calles de la ciudad, ni ir al mar, ni disfrutar lugares diferentes.
¿Qué puedo contarte? Mejor cuéntame tú. Debes tener mucho de que hablar.-

Cada semana Adal iba a visitar a Herlinda. Pero un día, una de esas pláticas, dejó muy mal a Herlinda.

-Te voy a confesar algo, Herlinda.-Le dijo él con la voz quebrada. Se notaba realmente mal.

-Dime.-Le pidió ella asustada.

-No sé cómo decirte.-Le dijo él.
-Sin rodeos, por favor. Me estás poniendo nerviosa.-
-Adquirí VIH.-Cuando Herlinda escuchó eso, sintió como si le hubieran golpeado el corazón.
-¿Qué?-Preguntó intentando asimilar eso.
-Así que, no podré seguir visitándote por mucho tiempo.-Adal comenzó a llorar. Herlinda le tomó de la mano.
Pero una horrorosa voz anunció que la visita había terminado. Así que, Adal se fue, y ambos se morían por seguir platicando.

A la semana siguiente, Adal no fue a visitarle. Y Herlinda sentía morirse de tristeza.
Pero cuando fue, los dos se abrazaron fuertemente. Y volvieron a tocar el tema de su padecimiento.

Ella lloraba durante días, por el miedo a dejar de ver a Adal. Sentía quererle tanto, que el sólo pensar en que  él moriría pronto, le causaba mucho dolor. ¿Quién iba a pensar lo que estaba a punto de suceder?
Herlinda murió antes que él; 8 meses antes que él. Un derrame cerebral le arrebató la vida mientras ella dormía.

Adal se encargó del sepelio. Y mientras su estado de salud empeoraba cada día más, cada día iba a su tumba a hablar con ella, imaginando que podría escucharle.
El invierno fue lo que terminó de quitarle la vida a él. Cayó en cama por un resfriado, del que nunca pudo recuperarse. Cerró los ojos para nunca despertar, pero no sin antes, pedir ser enterrado junto a la tumba de Herlinda.













Oh, my god! Sigo sin poder creérmelo! Me encontré esta fotografía de una mujer que se parece tanto a mí; no vayan a creer que soy yo.
 Sólo falta que esa mujer se llame Flor. Estoy sorprendida. Den click en el link si quieren ver si estoy exagerando al decirles esto:

http://img9.xooimage.com/files/4/e/a/k-285fdf5.swf
"No es el facebook, son las personas". Pero cuidado con lo que escribes allí.
En esa página social, muchas personas si están en determinado cine, restaurante, parque, o cualquier lugar, lo ponen en su muro, y los contactos agregados y/o los no agregados, pueden leerlo. ¿Te parece cómodo que sepan en dónde te encuentras? Con eso de los teléfonos inteligentes, de que las personas en donde estén, por lo regular, pueden entrar al facebook, ha incrementado que al actualizar el estado, se ponga la ubicación en donde se encuentran. Es decir:
Mientras estás en algún restaurante, por ejemplo, uno llamado "Los cascabeles", tú pones en tu facebook: "Estoy en el restaurante los cascabeles con fulanito, manganito, etc". Y en el nombre de el restautante "Los cascabeles" es un hipervínculo que te lleva a una página de facebook, y allí aparece la información del lugar, y la dirección exacta hasta con mapa.

Tú pensarás: "Yo no debo nada, así que no tengo qué temer". Pero con tanto malandrín en facebook, revisando perfiles, imagina que por ejemplo, tú pongas algo así:

(Los hipervínculos los puse de ejemplo).

Tú pensarás: "¿Y?".
Pero imagina que por alguna razón, haya algún secuestrador que sabe que vives bien económicamente, y que tienes en tu lista de amigos. Después de leer que estás en Josefino´s Pizza, saldrá a toda velocidad a buscarte. Claro, siempre y cuando sea de tu misma ciudad. 
Pensarás: "Nah. No tengo dinero ni para el camión".
Pero otra amenaza. ¿Qué tal si Juan Gustavo tiene un enemigo que quiere matarle, entonces, en cuanto actualices tu estado de dónde te encuentras, también aparecerá en el muro de Juan Gustavo el lugar de dónde se encuentra y con quién se encuentra. Entonces, ese enemigo, irá a Josefino´s Pizza, y...

No quiero ser extremista. Es un pusto de vista, pero aunque no lo creas, eso ha dado muchos problemas.

Quizá me vi exagerada con el último ejemplo, pero poner tu ubicación en la red social, te puede ocasionar muchos problemas. Además, ¿Para qué tienes que estar poniendo tu ubicación? ¿A alguien le importa?
Seguro, si fulanito no pone dónde se encuentra en este preciso momento, no podré dormir de la preocupación. 

¿Necesita toda tu red social enterarse que en este preciso momento estás en Burger King, y con quién estás acompañado?Bueno, eso es tu decisión, pero piensa en las consecuencias. Si pones en Fb que estás en determinado restaurante con toda la familia, alguien que te conozca, sabiendo que no estás en casa, y que acabas de comprar un computador nuevo, podrá ir a aprovecharse. 
Piénsalo: ¿Es necesario que tus 985 contactos sepan en dónde te encuentras actualizando el Facebook? Si estás en la escuela, en el trabajo, en la oficina. Esto desde mi punto de vista, es una práctica carente de sentido común.Pero para eso tenemos libre albedrío. 





Otro secuestrado más que cuidar. Eso parecía una pesadilla para Herlinda.

-Ya sabes lo que le puede suceder a este si vuelves a cometer el mismo error. Recuerda que no debes de hablar con los secuestrados. Ellos no deben mirarnos, no deben escucharnos.-Le advirtió Gustavo.

Ella asintió con la cabeza.

Los días transcurrían y ella se limitaba a darle de comer a ese otro hombre privado de su libertad. Sobrepasaba los 40 de edad. Él le hacía señales a ella de que le quitara la venda de la boca y de los ojos, pero ella, ni una sola palabra decía.
Herlinda se preguntaba hasta cuándo podría salir de ese infierno.

Mientras Gustavo hacía el acuerdo del rescate con los familiares de la víctima, Herlinda seguía cuidando a ese hombre. Con deseos de dejarle ir, pero sabía que su cabeza estaba en juego, y la de su familia, si hacía eso.

La noche caía, mientras Herlinda preparaba unos molletes. Gustavo minutos antes le avisó de que pronto llegaría, para que en cuanto él entrara por la puerta, la cena estuviera servida sobre la mesa. Así era él, exigente. Pero los minutos se pasaban, y Gustavo no llegaba. Los molletes se enfriaron, y Herlinda debía volver a preparar otros. Pasaron un par de horas, y él seguía sin llegar. Otro día comenzó, y Gustavo no llegó.
Se preguntó el motivo de su ausencia, y deseaba que le haya sucedido algo malo, para no tener que verle jamás. El sol iba saliendo cuando Herlinda le daba de comer al secuestrado. Pero ella no se imaginaba que mientras tanto, Gustavo estaba en la morgue, con etiqueta de un cadáver desconocido. Porque se podían pasar las horas, y nadie iría a reconocerle, ya que ni siquiera tenía una identificación, y como casi nunca se comunicaba con su familia, pues a ellos no les iba a extrañar que no llamara.

La noche cayó, y alguien tocaba la puerta en casa de Gustavo. Herlinda abrió. Era ese tal Felipe.

-Toma este periódico.-

Herlinda comenzó a leer. La noticia decía que un hombre con las características de Gustavo había sido atropellado por un tráiler, y falleció.

-Ve tú a reconocer el cadáver.- Le dijo el hombre a manera de orden.
-¿Qué va a pasar si el difunto es Gustavo?-

-Nadie es indispensable. Así que, saca tus propias conclusiones.-Le dijo él.

Herlinda ese comentario se lo tomó como que seguirían en eso de los secuestros.

Fue tan macabro el momento en que Herlinda levantó la sábana. Estaba allí Gustavo, con el rostro reventado.

Felipe pasó a ser la cabeza del grupo. Ahora él era quien vivía en la casa que era de Gustavo.

-Ahora tú vas a ser mi mujer.-Le dijo a Herlinda. Ella sintió asco de ese hombre; panzón, pelón, corriente, y además, evidenciaba ser enemigo de bañarse.

Mientras tanto, Adal se dio por vencido. Se dio cuenta que había pasado tiempo suficiente desde que ella se fue, y que no debía seguir desperdiciando su juventud, esperándole. Total, ella decidió irse de su lado. Decidió hacer una maestría en España, y se fue.
En el pueblo, la familia de Herlinda comprendió que quizá jamás regresaría, que se había olvidado de ellos.
Su padre falleció de un paro respiratorio; su madre a los cuatro meses, enfermó de lupus, y estuvo en una agonía de un año, sufriendo el padecimiento. El único hermano de Herlinda decidió irse lejos de allí, y nadie supo hacia dónde.

Los meses se pasaban, y Herlinda sabía que eso no duraría tanto tiempo, que la policía descubriría esa banda criminal. Y así fue. Después de estar ella casi cuatro años en cautiverio, cuidando secuestrados, mudándose de casa frecuentemente, siendo víctima, la banda cayó. Pero ella no fue tomada como víctima, sino como una cómplice más.

La tía de Herlinda miraba muy a gusto el noticiero, cuando casi le da un infarto al ver el rostro de su sobrina.

-¿Herlinda?-Se preguntó cientos de veces.

Naturalmente, no quiso ir a verle, pues no quería estar en problemas. Dudó de que ella era inocente, y se dijo a sí misma: "Ella se lo buscó".

Herlinda no tenía idea de que sus padres estaban muertos, y que jamás volvería a ver a su hermano.

Tras las rejas lloraba desconsoladamente. No había quién fuera a verle. Fue condenada a 30 años de cárcel. Pensaba que no era agradable recuperar su libertad a sus 57 años de edad. Su juventud se perdería entre las rejas, con el uniforme de reclusa puesto, sin contemplar la ciudad.
No quiso que nadie le avisara a su familia, pero si lo hubiera intentado, se enteraría de que murieron sus padres.

Casi se cumplía un año de el encierro de ella, cuando su tía decidió ir a verle.

-¡Tía!- Su tía le miró con tristeza.
-¿Qué te faltaba en mi casa? ¿Por qué tomaste este camino?-Le preguntó llorando.

-Soy inocente, tía.-

-Y yo soy lobito de mar.-Le dijo ella con sarcasmo.

-Es la verdad. No le digas esto a mi familia.-

-Ellos murieron sin enterarse de tus delitos, afortunadamente.-

Herlinda sintió morirse al escuchar eso. La noticia fue repentina. Lloró como loca, y tuvieron que llevarle a enfermería. Jamás volvió a hablar con su tía, ni tuvo oportunidad de explicarle cómo ocurrieron las cosas.
Pero...

CONTINUARÁ...




Apenas el sol comenzaba a salir, cuando Gustavo salió de su casa. Herlinda pudo darse cuenta, y comenzó a asustarse. No le pareció normal ver que él tuviera tanto dinero; le mortificaba no saber a qué se dedicaba, aunque ya tenía sospechas de que podía encontrarse en algo ilícito. Pero dos días después, logró tener en sus manos el celular de él. No encontró ninguna señal; probablemente él sabía cuidarse muy bien.
Ella sufría a causa del comportamiento de Gustavo. Así transcurrieron 4 meses, y eso no mejoraba. Él le seguía tratando como una esclava, y no daba muestras de quererle, aunque sea un poco.

-Me regresaré a vivir con mi tía.-Le dijo con voz decidida. Él le miró como si tuviera ganas de asesinarle.
-¿Qué has dicho?-Preguntó como si no hubiera entendido lo que ella le dijo.
-He decidido regresarme con mi tía.-
-¿Por qué?-Su tono de voz comenzó a asustarle.
Herlinda estuvo a punto de callarse, pero necesitaba salirse de esa situación.

-Está bien, mi amor. Vete. Pero recuerda que no vas a regresar.-

A ella le pareció increíble que con esa serenidad lo tomara.

Asustada, se fue al cuarto y sacó la maleta. Él le miró sorprendido.

-¿Con que ya tenías todo planeado? ¿Qué tal si me hubiera negado a que te fueras?-

Ella no sabía que decir. El simple hecho de mirar a Gustavo, le asustaba. Detenida a unos cuantos metros de él, decidió dar un par de pasos.

-Antes de irte prepárame una botana.-

-¿Qué botana quieres?-Preguntó con temor.

-Resulta que no sabes que botana quiero. Quiero jicama con chile y limón.-

Ella dejó las maletas en el suelo, y se fue a la cocina a cumplir la orden de Gustavo. Notó que la mirada de ese hombre parecía no mostrar simpatía, y prefirió ya no mirarle.

-Ya está lista.-Le dijo mientras le dio el plato con la fruta.

-Siéntate. ¿No me piensas acompañar a comer?- Él le dijo de manera que a ella le asustó más. Le parecía rara esa actitud.

-Es que, tengo que irme.-

-¿Cuál es la prisa?-

Ella sin decir más, se sentó junto a él, en el sofá.

-Y cuéntame, querida: ¿Fuiste feliz viviendo en esta casa?

Ella no supo qué responderle, y prefirió quedarse callada.

-¿No escuchaste? ¿Fuiste feliz a mi lado en estos meses?-

-Sí, claro.-Lo dijo seriamente.

-¿Y si fuiste feliz por qué te vas?- Comenzó a alterarse.

-Gustavo...

-¿Gustavo qué? Pon atención a lo que voy a decirte: "No te dejaré ir". ¿Crees que me voy a arriesgar a que te vayas y digas a lo que me dedido?.

-¿A lo que te dedicas? Yo no sé a qué te dedicas.-Ella lo dijo asustada.

-No te hagas tonta. Saca la ropa de la maleta y ponla en su lugar. No te vas.-

Herlinda no podía creer lo que le estaba ocurriendo. ¿Cómo pudo dejarse envolver en esa situación? Tenía un buen novio, y decidió dejarle por Gustavo. Comenzaba a comprender lo tonta que fue, ya que la ilusión por la novedad terminó. Extrañaba a Adal, y Gustavo, aquel a quien creyó amar, sólo le intimidaba.
No sabía qué sería de ella, pero se sentía muy aterrada.
Pasaban los días, y ella se sentía ave en cautiverio. Aunque la situación empeoró, porque un día Gustavo metió a un señor a su casa; era un secuestrado.
Le dio de obligación a Herlinda, en cuidarle, procurando que no se escapara.

VOLVERÁ A CONTINUAR... ME CANSÉ DE ESCRIBIR.

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